¿Cómo puede un sonido hacernos sentir tanto?
Para muchas personas, la música puede ser solo ruido pegadizo o una distracción. Para otras, es, sin encontrar una manera más específica de describirla, todo: piel de gallina, escalofríos, sonidos que recorren el cuerpo de pies a cabeza, instrumentales que combinan toda clase de resonancias y hasta bailes espontáneos. Algo que puede parecer tan simple como escuchar una canción puede, en realidad, desencadenar respuestas en el cerebro que todavía no comprendemos por completo y provocar reacciones completamente distintas en cada persona.
Para entender este fenómeno y lo que trae consigo, hay que retroceder en el tiempo. El origen es un poco incierto, ya que no hay registros arqueológicos de elementos como instrumentos musicales; sin embargo, figuras como los filósofos Gottfried Herder y Herbert Spencer defendieron la teoría de que la música se originó cuando los humanos empezaron a usar la voz como una extensión del lenguaje, dándole distinta emotividad, elevándola o prolongándola. Por otro lado, para Jean-Jacques Rousseau, escritor y filósofo, el elemento esencial de la música es la melodía. En ella el ser humano encuentra su lugar, pues esta es el hogar del canto y, por consiguiente, de la expresión emocional. Según él, la música no puede imitar paisajes o estampas, como hace la pintura; en cambio, en sus propias palabras, a través de la melodía sí que "excitará en el alma los mismos sentimientos que se experimentan al verlas" (Blanco-Tascón, 2025, párr. 6).
Actualmente continúa siendo una parte fundamental de la cultura y la vida humana, combinando no solo melodías (sonidos que suenan sucesivamente uno después de otro), sino también armonías (que regulan y enlazan los sonidos), la métrica (norma de repetición) y el ritmo (resultado de todos los elementos combinados). Puede que todo esto parezca muy técnico, pero la música es más que un simple estímulo auditivo. Desde una perspectiva psicológica y neurocientífica, escucharla implica la participación simultánea de procesos relacionados con la emoción, la percepción, la memoria y la regulación del estado de ánimo.
Al escucharla, se activa casi todo el cerebro al mismo tiempo, algo que también ocurre con los deportes o el aprendizaje de un idioma nuevo. El Doctor David Silberswei, neurólogo y psiquiatra de la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard, menciona en un artículo de esa misma facultad que, entre las regiones implicadas, se encuentran el lóbulo temporal, que ayuda al procesamiento del tono y la altura del sonido, y la amígdala, que gestiona las emociones intensas y, junto con el hipocampo, desempeña un papel en los recuerdos.

Además, la música activa hormonas y sustancias químicas como la dopamina, relacionada con el placer: el cerebro utiliza los sistemas de recompensa para anticipar estímulos que considera placenteros. Esto explicaría, por ejemplo, por qué esperamos el coro de una canción o por qué sentimos satisfacción cuando llega una parte que nos gusta. La serotonina regula el estado de ánimo y, por eso, nuestras canciones favoritas o los ritmos tranquilos pueden reducir el estrés y provocar calma. Asimismo, el musicólogo y filósofo Julius Portnoy encontró que los estímulos sonoros pueden cambiar algunas funciones biológicas como la presión arterial, los niveles de energía y la digestión; esta alteración varía según el tipo de música.
Las pulsaciones por minuto (PPM) de las canciones también pueden influir en qué tan estimulados o relajados nos sentimos. El tempo musical se relaciona con la manera en que percibimos y experimentamos las emociones. Los tempos rápidos suelen asociarse con emociones más optimistas, mientras que los tempos lentos pueden relacionarse con emociones como la tristeza y la seriedad (Ying Liu et al., 2018). Sin embargo, una canción de 150 BPM puede aumentar nuestra activación y sensación de energía, pero si la letra habla, por ejemplo, de una pérdida y está asociada a un recuerdo doloroso, podemos sentirnos tristes a pesar del tempo rápido.
Otro factor importante es que nuestro cerebro está constantemente generando actividad eléctrica. Esa actividad se organiza en distintos patrones que se clasifican según su frecuencia, es decir, cuántos ciclos ocurren por segundo, medidos en hercios (Hz). Estos patrones se pueden observar con una técnica llamada electroencefalografía (EEG), y entre los principales están las ondas delta, theta, alfa, beta y gamma, cada una asociada a distintos estados y actividades mentales.
Las ondas delta, de frecuencia muy baja, predominan sobre todo durante el sueño profundo. Las theta suelen aparecer en momentos de relajación profunda o somnolencia. Las alfa, entre 8 y 13 Hz aproximadamente, se han relacionado tradicionalmente con estados de relajación estando despiertos. Las beta, más rápidas, acompañan los momentos de alerta y actividad mental. Y las gamma, todavía más rápidas, se relacionan con distintos procesos de procesamiento cerebral. Es importante entender que estas ondas no representan emociones específicas ni funcionan de manera aislada: el cerebro combina distintos patrones según lo que estamos haciendo y el estado en que nos encontramos.
La música, de hecho, puede modificar estos patrones. Según la guía de Neurosity (Keller, 2026), el tempo, la complejidad y otras características musicales pueden relacionarse con cambios que se observan mediante EEG. Por ejemplo, la música lenta y tranquila suele asociarse con un aumento de la actividad alfa, mientras que la música rápida o compleja tiende a relacionarse con más actividad en frecuencias asociadas a la activación y el procesamiento mental. En resumen, nuestro cerebro no escucha la música de forma completamente pasiva; responde a sus ritmos, cambios y estructuras, y esa respuesta puede modificar temporalmente su actividad.
La importancia de las ondas cerebrales está en que algunas de ellas se relacionan con estados mentales que experimentamos todos los días. Por eso, por ejemplo, para estudiar puede ser conveniente mantener un estado de alerta tranquila, en el que estemos despiertos y atentos sin estar excesivamente tensos; para relajarnos, en cambio, se busca reducir la activación y favorecer un estado de calma. Esto no significa que una determinada frecuencia musical pueda "encender" una onda cerebral específica como un interruptor. Las ondas cerebrales son patrones de actividad del propio cerebro y su presencia depende de múltiples factores.
Por esta razón, decir que "las ondas alfa sirven para estudiar" sería una simplificación. La concentración no depende de una sola onda cerebral: estudiar requiere atención, memoria de trabajo, control de distracciones y otros procesos cognitivos. La música puede influir en estos procesos, pero su efecto depende también de la tarea, de las características de la música y de la persona. Así, más que buscar una frecuencia mágica que haga que el cerebro se concentre, tiene más sentido entender cómo determinados sonidos y tipos de música pueden ayudar a crear un estado de activación adecuado para la actividad que estamos realizando.
Todos estos elementos combinados pueden hacer que, para algunas personas, escuchar una canción les provoque piel de gallina, escalofríos, lágrimas o incluso cambios en la respiración y el ritmo cardíaco. Estas experiencias, conocidas en la investigación como music chills o frisson, aparecen especialmente en momentos de gran intensidad emocional dentro de una canción, como un cambio inesperado, la entrada de un instrumento o una parte que la persona esperaba con anticipación. Lo interesante es que estas reacciones no son solamente una sensación subjetiva: algunos estudios han registrado cambios fisiológicos durante estos momentos, como variaciones en la actividad de la piel, que reflejan cambios en el nivel de activación del cuerpo (Mori & Iwanaga, 2017). Esto demuestra que escuchar música puede convertirse en una experiencia que involucra tanto al cerebro como al cuerpo.
Después de entender todo lo que ocurre en nuestro cerebro cuando escuchamos música, es claro que esta no es solo un conjunto de sonidos. Es todo un proceso en el que lo que escuchamos se va relacionando, a la vez, con emociones, experiencias y recuerdos. Lo más interesante es que no hay una fórmula universal para sentir la música: cada cerebro la experimenta de manera distinta. Al final, es un mundo único: para algunos seguirá siendo ruido y, para otros, después de entender la magia (y la ciencia) que hay detrás, se volverá todo.
Bibliografía
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Blanco-Tascón, M. (20 de febrero de 2025). Cómo Rousseau cambió el rumbo de la música. The Conversation. https://theconversation.com/como-rousseau-cambio-el-rumbo-de-la-musica-245424
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Liu, Y., Liu, G., Wei, D., Li, Q., Yuan, G., Wu, S., Wang, G., & Zhao, X. (2018). Effects of Musical Tempo on Musicians’ and Non-musicians’ Emotional Experience When Listening to Music. Frontiers in Psychology, 9(2118). https://doi.org/10.3389/fpsyg.2018.02118
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Mori, K., & Iwanaga, M. (2017). Two types of peak emotional responses to music: The psychophysiology of chills and tears. Scientific Reports, 7(1). https://doi.org/10.1038/srep46063




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