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Una sala llena de desconocidos

Hay algo mágico

en entrar a una sala de conciertos.

Las luces son tenues, la energía es eléctrica,

y estás rodeado de desconocidos,

pero no se siente así.

Se siente como si hubieras llegado a casa

a un lugar que no sabías que extrañabas.


Por un rato, el mundo exterior se detiene.

Sin deadlines, sin sobrepensar,

sin ruido que no pertenezca.

Solo el ritmo. Solo la melodía.

Solo la multitud sintiendo lo mismo.


Dos horas de magia.

Eso es.

Estás aquí, pero también no.

Estás en algún lugar más alto, más ligero, más fuerte.

Bailas como si nadie te estuviera viendo,

cantas como si tu corazón estuviera hecho de cada letra.

Y cuando llega el coro,

golpea justo donde más lo necesitas.


Las personas a tu lado,

puede que nunca sepas sus nombres.

Pero por esa noche, son parte de tu historia.

Porque la música los envuelve a todos por igual,

y de alguna manera, en medio del ruido, encuentras paz.


Un verso se convierte en salvavidas.

Una línea de bajo se convierte en latido.

Un reflector se convierte en amanecer.


Y cuando la última nota se desvanece

y las luces se encienden,

te sientes un poco más lleno.

Un poco más suave.

Un poco más tú.


Regresas al mundo real,

pero algo dentro de ti se queda atrás.

Sigue bailando. Sigue cantando.

Y este recuerdo se queda en tu corazón para siempre.

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